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Por José Ramón Scheifler
"Haiti: Dios y ser humano"
Ante cataclismos de la naturaleza como el de Haití, el tsunami de Indonesia hace tres o cuatro años, con el doble de víctimas, 223 mil, y otros cataclismos semejantes durante miles y miles de años, la que se siente sacudida desde siempre y desde el fondo no es la tierra, es la condición humana. Y su reacción primera es la que ha sido: la compasión activa: en metálico, en brazos y sobre todo en corazón. Los países desde sus gobiernos, grupos de voluntarios, laicos y religiosos, han desplegado toda clase de ayuda humanitaria. 123 vidas han sido rescatadas de los escombros –una cifra ridícula ante los 110 mil muertos–, pero valiosa por su significado. Heridos y hospitales, atendidos; el hombre y la sed presente, saciadas, etc. Poco, pero de valor humano insuperable. Como compañeros de la muerte, como esos gusanos que se aprovechan de ella, no podían faltar las mafias, hasta armadas, de los pillajes y despojos, y las mafias que trafican con niños perdidos y secuestrados para las adopciones en el extranjero o la corrupción sexual dondequiera que sea. Llevamos más de una semana con Haití desde que abrimos la ventana a los medios. Poco más, y Haití volverá al silencio anterior y al olvido de lo pequeño y pobre. Es, pues, el momento de la reflexión. La 1ª que viene a mi mente al volver la vista de Haití es que muy cerca de mí, en pequeño, porque es casi siempre de uno en uno, no sólo en la calle, en el trabajo, incluso entre mis amigos y familiares, hay tragedias individualmente semejantes, que por ser en la sociedad del bienestar son quizá más agudas, más profundas, más interrogantes y cuestionables. Frente a ellos, la misma compasión activa, con mayor respeto si cabe a su dignidad herida: metálico, brazos, sobre todo, corazón. Y la primera lección será la de los 123 frete a los 110 mil, nuestra “poquedad”, pero valiosa, nuestra impotencia y el poder de una simple sonrisa. Y la segunda, que no tiene sentido negarse una alegría porque alguien es infeliz; y que yo no disfrute al vivir mi vida no mitiga el dolor de nadie. Hay que seguir. La 2ª reflexión es un ¿por qué? La vida humana está llena de preguntas. Las respuestas son escasas, escondidas como perlas en las conchas de mares profundos y elementos especiales. “Es la naturaleza, son leyes físicas las que producen estos movimientos –nos dicen los científicos–. Pronto se podrán predecir estos fenómenos, y así mitigar sus efectos, pero no eliminar. Mientras tanto al que le toca, le toca”. Y ya no es de su competencia decir por qué tantas veces les toca a los que menos tienen y menos pueden. Pero, si soy creyente ¿quién está detrás de la naturaleza y sus leyes? Y cuando preguntamos a Dios: ¿Por qué? ¿Quién y cómo responde? Al fin y personalmente, yo me acojo a Job: “mejor si me tapo la boca con la mano, pues soy polvo y ceniza”, o con Agustín: “¿cómo puedo meter el mar en esta concha que tengo en la mano?”. Pero si fenómenos como éste me inclinarían a negar la existencia del Dios bondadoso, con Epicuro, ¿por qué otros en el fondo de mí mismo me hacen razonable optar por ella? Quien ha conocido el amor de unos padres, quien ha experimentado todo el amor de una esposa o esposo, quien ha dado todo con su amor a los hijos y daría su vida ¿puede dudar del valor eterno del amor? Sí. Y sólo cada uno conoce el camino de su fe en ese Dios, el absolutamente Otro. ¿Por qué junto a esas gestas de solidaridad surgen mafias, subproducto del bienestar, del egoísmo fiero del ser humano? No sé qué es Dios. ¿Acaso sé qué es el Hombre? ¿Sé quién soy yo? No. Y ésta es mi 3ª reflexión: A la entrada al cementerio de Begoña una lápida decía: “Lo que eres, fui; lo que soy, serás”. Y en otro sitio: “Por donde pasas, pasé; a donde estoy, te traerán”. Sí. Pero ¿qué soy y que fuiste?; sobre todo ¿qué seré y qué seremos? Yo siento mis necesidades y también mis apetencias e ilusiones. Y también el que está a mi lado. También él tiene que comer y beber y reír y querer y ser querido. Y como yo, tiene que sufrir. No todos lloramos o reímos juntos. Pero todos los ojos se han desaguado, y desahogado alguna vez el dolor del corazón. Y a todos nos revienta en risas cuando no caben en él las alegrías. Quien ha vertido en llanto toda su amargura, no quiere que sus lágrimas las beba nadie, sino que rieguen el jardín de sus rosales. Pero quien ha sentido una vez el sabor de un beso, sueña con besos y besos y besos: el sueño y el beso eternos. En todos, el vacío de nuestras ignorancias alberga nuestras perplejidades y dudas, pero cada día nos enseña y aprendemos algo, un pequeño paso hacia la sabiduría que no está escrita en ningún libro, pues es el arte de la vida. Todos nos enfrentamos al riesgo y, al decidirnos, si nos equivocamos damos gracias de poder corregirnos. También a veces acertamos, y esto nos hace comprender mejor a los equivocados. Todos al nacer causamos dolor y alegría lo más inocentemente, y pienso que esto es una clave de toda nuestra vida, que está en el crecer, y crecemos cuando racional y voluntariamente disminuimos el dolor que aún sin querer causamos, y aumentamos la alegría en nuestro entorno hasta más allá de las estrellas. Por eso creo que al morir –pues que morimos todos– renacemos –vencido el sufrimiento– al amor supremo. ¿Qué es el hombre? ¿qué soy yo? Con Gabriel y Galán, el poeta del pueblo: “Esto que tengo de barro, esto que tengo de Dios”. Con Cesar Frankl, el psiquiatra superviviente de Auschwitz, que a tantos ayudó a resistir –y lo digo con máximo respeto: “el que inventó las cámaras de Dios y el que entró en ellas con el Shemá Israel o el Padre Nuestro en los labios”, porque llevo algo de los dos. José Ramón Scheifler 25.01.10
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